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El Che Guevara, 50 años después

14 de octubre de 2017 8:02
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El Che Guevara, 50 años después

Cuatro personalidades del mundo de la cultura nacional reflexionan acerca de la figura del Che, lo que es y lo que fue para ellos, a 50 años de la guerrilla en Bolivia

Vive y trabaja en Nueva York. Su propuesta de videoarte Vallegrande, 1967, fue adquirido por el Museo Guggenheim, de Nueva York. En él recrea en tres tomas diferentes el cadáver de Che Guevara en Vallegrande.

No recuerdo la primera vez que vi una fotografía del Che Guevara. Para cuando yo era adolescente en los 80, y a dos décadas de su muerte, su imagen formaba parte del imaginario colectivo. Convertido en una marca capitalista, se lo encontraba por todas partes. Su retrato, esa foto tomada por Alberto Díaz (Korda) en 1960, adornaba camisetas que portaban mochileros argentinos y europeos en las calles de Santa Cruz; ahora, jóvenes bohemios la siguen portando por todo el mundo. El Che es la imagen romántica perfecta del revolucionario: buen mozo, de pelo largo y barba, que murió por una causa noble a los 35 años. Al morir, el Che cesa de ser ese guerrillero que, a través de sus diarios y cartas, se pinta como un hombre violento, viviendo la revolución como espectáculo. Ese Che que en una carta a su madre escrita en 1954 desde Guatemala sobre la destitución del gobierno de Jacobo Arbenz escribió: "Fue muy divertido, con todas aquellas bombas, discursos y otras distracciones que rompían la monotonía en la que estaba viviendo"– persiste como el póster child de la revolución.

Pero existe otra fotografía, menos duplicada que la de Korda, que sella la transformación mítica de la imagen del Che y que sirve de referencia para mi obra Vallegrande, 1967. Después de su ejecución, el cuerpo de Guevara fue sujetado a los patines de aterrizaje de un helicóptero y llevado a Vallegrande, donde fue tendido en la lavandería del hospital Nuestra Señora de Malta para presentarlo en una conferencia de prensa. Esta escena posmortem del Che tendido en la lavandería fue inmortalizada por el fotógrafo Freddie Alborta. No sé muy bien cómo se publicó originalmente la fotografía de Alborta, pero se hizo por varios medios internacionales. A raíz de su distribución, el crítico de arte inglés John Berger comparó esta imagen con la del cuadro de Andrea Mantegna.

La lamentación sobre el Cristo muerto, de 1490 (y también recordaba La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, de Rembrandt de 1632).

En otras palabras, el Che se convirtió en más que el símbolo de una guerrilla marxista; personificó la revolución socialista. Con Vallegrande, 1967, me interesa dirigir la mirada del espectador al momento preciso de la creación de un mito; a ese momento en que la realidad se convierte en ficción y en el que esa ficción se imprime sobre el paisaje boliviano.

Su ‘gloriosa venida’ fue suicida. Quién sabe si impulsada por aquellos que comenzaron a sentirse incómodos con su ‘querida presencia’ y ya no lo querían tan cerca. Hay mucha teoría al respecto.

¿Cómo es que no sabía esto el Che? ¿Los eventos de la revolución cubana lo dejaron demasiado ilusionado? ¿Ajeno a la realidad? Ese es otro fenómeno frecuente: el triunfo y la gloria nos ciegan a los humanos. Y si la persona se ve cercada, además, por un círculo de admiradores o allegados con buenas o malas intenciones (en Bolivia les decimos ‘llunkus’), la ceguera del poder se acentúa, lo sabemos.

Personalmente yo no he leído su diario, ni vestí una remera con su estampa ni visité Vallegrande. No me interesa. No nací con alma de ‘fan’.

Las batallas se libran en presente. Y las protagoniza uno. Y uno las saca adelante o no.

Concuerdo con la necesidad de que el mundo mejore. Pero no creo que el problema sean los sistemas, sino las personas. La batalla es de uno con/contra uno mismo, uno contra su propia debilidad frente a la codicia (y entonces las corrupciones, los abusos y asimetrías).

Y eso es lo que no vio el Che, cegado por la victoria en Cuba quizás. No lo vio en sus compañeros que lo dejaban ir ni en los políticos que supuestamente lo recibirían. No lo vio como constante histórica del pasado ni lo podía ver en el futuro que viviríamos luego de su muerte y hasta hoy.

Es uno de los escritores nacionales de mayor prestigio internacional y es un analista agudo de la realidad nacional a través de sus columnas de opinión en diarios de Latinoamérica.

Hemos convertido al Che en una postal, un afiche, un mito. Lo hemos querido dejar atrás diciendo que los nuevos tiempos neoliberales requerían de nuevos sueños. Hemos hecho todo para vaciarlo de significado: hoy una imagen del Che sirve para promocionar cursos de oratoria en la ciudad de México. Aun así, es un fantasma que nos ronda. El fantasma que dice que las luchas sociales continuarán hasta que la promesa de una sociedad más justa deje de ser una utopía.

Los grandes sucesos de la vida del Che jalonan nuestra historia reciente. Si la revolución cubana de fines de los 50 significó para toda una generación la posibilidad de luchar por un mundo mejor, con mayor justicia social, y apostar por un modelo de sociedad alejado de la hegemonía estadounidense, la guerrilla del Che en Bolivia fue el principio del fin de ese periodo, la constatación de que la lucha armada y la revolución no iban a ser siempre los mejores caminos para construir la nueva sociedad. Hoy el Che es parte de los discursos de nuestros políticos, de hecho, es una de las piezas legitimadoras de Evo Morales en la articulación de su proyecto como revolucionario, aunque habría que cuestionar cierto divorcio entre la retórica seductora y los actos de un partido cada vez más alejado del ideario de justicia social y del respeto a los deseos del pueblo.

El argentino que miraba de safiante al cielo en una foto tomada en su adolescencia.

O un cabrón al que la gente o la pobreza de la gente le tenga sin cuidado y que más bien quiere ser un ricacho desabrido como don Samuel. Nones. Por ahí no va lo cosa.

El Che Yevara jamás me impresionó. Las razones son varias. Muchas tontas, muchas otras válidas.

Nunca me atrajo su bravuconería, por ejemplo. Los bravucones del mundo son de derechas o de izquierdas. Pero acá hablamos de uno de izquierda.

El hombre nuevo. El Yevara siempre decía el hombre nuevo. El hombre nuevo que tal y el hombre nuevo que cual. El hombre nuevo siempre será un bravucón.

El Che Yevara siempre me pareció un bravucón, ya lo dije. Tal vez de haber vivido por esa época, quien firma esta nota nunca habría querido ser su amigo. Ni mucho menos su seguidor.

El Che Yevara era un producto en bruto. Un diamante en bruto que, desde que se lo echaron acá en Bolivia, se convirtió en un modelito de revista francesa. Los bolivianos le regalamos al mundo un producto bonito y utópico.

O el Che Yevara es para mí el típico cuatito que quiere salirse siempre con la suya.

El que te escuchaba con paciencia, es cierto; sin embargo, es quien al final terminaba mandándote a la mierda.

No, mi Che Yevara, yo quiero ser como soy no más (aunque a veces me arrepiento), es decir: un malhablado, un tipo de malas pulgas, comprador compulsivo de libros, un malpensado y un largo etcétera.

Fuente: eldeber.com.bo

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