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Las ruedas infinitas de Céspedes

10 de octubre de 2017 4:08
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De las narraciones sobre aquel día ninguna me ha fascinado más que la de César Martín García, un hombre cuya vista se ha apagado por los destinos de esta vida, pero cuyas ideas parecen iluminarse con la travesía del reloj.

Él es de esos historiadores que te hacen escuchar una campana en los tímpanos del alma y te emocionan con detalles poco mencionados. Te pone a temblar cuando retrata a Céspedes parado delante de los sublevados en la hora crucial; o cuando lo dibuja camino a su primer combate, con unas armas rústicas, en las cercanías de Yara.

«Aquí estaba él aquella mañana en La Demajagua», dice y va contando todo tan prolijamente que uno imagina el rostro solemne del patricio, respira la gravedad del momento, se figura la gente en tropel y hasta el volcán hermoso que se le avecinaba a Cuba después de ese 10 de octubre de 1868.

Sin embargo, tal vez lo más cautivante en las novelas reales que cuenta este historiador manzanillero es que él va enlazando el pretérito con cada uno de estos días actuales; su verso oral no termina nunca con «eso fue lo sucedido», porque siempre tiene un «después», acaso tan hermoso como lo contado anteriormente.

Esas conexiones que tejen estudiosos como él las necesitamos hoy con más frecuencia en aulas y otros espacios para entender la hondura del hombre que, con los dientes gastados por el paso del tiempo, la soledad en la vida por avatares del destino, la contradicción constante en el camino, las puñaladas de algunos de los que ayudó a levantar... supo ser sol, montaña y espejo para Cuba.

¿Podría Céspedes imaginar que antes de los dos años de irse a la guerra iba a recibir el más grande chantaje emocional, vinculado con uno de sus hijos? ¡Qué tremendo dilema para cualquier padre, más allá de sus ideales!

El Caballero de Rodas, Capitán General de la Isla, le propuso, como se sabe, en misiva de hierro, abandonar la espada y el corcel a cambio de la vida de su hijo, Amado Oscar, apresado aquel mayo inclemente por las tropas colonialistas del Camagüey.

Es probable que hasta haya llorado, porque él mismo reconoció estar tremendamente angustiado por la noticia y el probable fusilamiento.

En realidad su hijo ya había sido asesinado antes de la carta del «Caballero», fechada el 1ro. de junio de 1870. Pero aún suponiéndolo en respiro, Céspedes prefirió seguir entre maniguas porque, como señaló un día después de la epístola, tenía otros miles de hijos: todos los que se batían por la libertad cubana.

Tal coyuntura trágica, reflejada por un periódico cubano editado en Estados Unidos, configuraría el epíteto bien ganado de Padre de la Patria. Sin embargo, como han expresado varios investigadores, si el hecho no hubiese ocurrido, Céspedes —por todos sus méritos revolucionarios, por haberse convertido en el Iniciador ante las dudas de otros y por haber sacudido una nación que empezaba a ser semilla—, como quiera hubiera ganado el honroso calificativo.

Por cierto, nunca deberíamos pasar por alto que perdió a otros seres amados en medio de los fragores de la guerra. O que a su primogénito, Carlos Manuel, quien llegó a ser coronel y su ayudante personal, lo reprendió en la indisciplina y le repitió varias veces que un hombre no debía ocupar cargo sin habérselo ganado. Pero a pesar de esa línea estricta lo amaba en toda la anchura de su corazón.

Si Céspedes no hubiese sido grande, como insinúan algunos, jamás hubiera cedido, como lo hizo en Guáimaro, donde se aprobó un estandarte diferente al que él había diseñado y llevado a la guerra.

«[…] hubo en Guáimaro Junta para unir las dos divisiones del Centro y Oriente. Aquella había tomado la forma republicana; esta la militar. Céspedes se plegó a la forma del Centro. No lo creía conveniente; pero creía inconvenientes las disensiones. Sacrificaba su amor propio —lo que nadie sacrifica— […] los dos tenían razón; pero en el momento de la lucha, la Cámara la tenía segundamente […]», escribió José Martí años después sobre aquellos momentos.

Y si la figura de Céspedes no hubiera tenido la altura inmensa e indiscutida, entre todos los guerreros y líderes de aquella generación que empezaba a fraguar un país, entonces en esa propia asamblea no habría salido como Presidente de la República en Armas.

Pero tal vez uno de los hechos primarios que lo elevan es el acontecido tras el revés de Yara, la noche del 11 de octubre de 1868, cuando su tropa quedó replegada y apenas se juntaron en torno a él otros 11 jinetes. Alguien le comentó, quizá con lógica, que todo estaba perdido, a lo que él replicó la célebre frase de que aún quedaban 12 hombres y con esos bastaba para hacer la independencia de Cuba.

¡Cuánto nudo emocional hay en esa cita con la de Fidel, en Cinco Palmas! ¡Cuánto lo imitaría en su vida, poniendo a un lado las diferencias, el Comandante en Jefe! Céspedes era, irremediablemente, un optimista convencido, un soñador con los pies puestos en la tierra, un revolucionario de los de verdad; de los que cambian, iluminan, hacen; y esas maneras, de algún modo, las transmitió a Martí y Fidel.

Recuérdese que cuando se levantó contra el ejército español, abandonando las ruedas dentadas de su ingenio para montarse en otras ruedas infinitas, y le preguntaron con qué armas iba a luchar contra el poder de los colonialistas, respondió: ellos las tienen.

Céspedes no tenía necesidad de irse a la guerra. Había conocido las casas señoriales, los viajes por Europa y los estudios encumbrados.

Sin embargo, en los días cercanos a su muerte, casi a los 56 años (nació el 18 de abril de 1819), aquel otrora aristócrata llegó a comer «semillas de mamoncillos y dulces de mangos sin azúcar ni miel» sin chistar un ápice.

Ahora, cuando celebramos los 149 años del Inicio Glorioso, no deberíamos obviar que a pesar de sus dolores físicos, su escasez de vista, la deposición absurda que resistió con estoicismo, las intrigas y trampas en su contra, haber sido dejado sin escolta en medio de los montes, el Padre seguía soñando con una Cuba bautizada por la unidad, los valores cívicos y la libertad suprema.

Ahora, cuando Céspedes nos recuerda, junto a Fidel, la importancia de la virtud, debemos rememorar que antepuso los ideales a los cofres, los sacrificios a la familia amada, la ética a la demagogia. Que tuvo la luz de convertirse en padrazo de humildes y esclavos, que fue capaz de cumplir la promesa de que en Cuba no se derramaría sangre por su culpa, capaz de echar a volar una nación hacia una ruta definitivamente distinta.

Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a una tigre su último cachorro. ¡Tal majestad debe inundar el alma entonces, que bien puede ser que el hombre ciegue con ella! ¿Quién no conoce nuestros días de cuna? Nuestra espalda era llagas, y nuestro rostro recreo favorito de la mano del tirano. Ya no había paciencia para más tributo, ni mejillas para más bofetones. Hervía la Isla... ¡La tierra se alza en montañas, y en estos hombres los pueblos! Tal vez Bayamo desea más tiempo; afín no se decide la junta de la logia; ¡acaso esperen a decidirse cuando tengan al cuello al enemigo vigilante! ¿Que un alzamiento es como un encaje, que se borda a la luz hasta que no queda una hebra suelta? ¡Si no los arrastramos, jamás se determinarán! Y tras unos instantes de silencio, en que los héroes bajaron la cabeza para ocultar sus lágrimas solemnes, aquel pleitista, aquel amo de hombres, aquel negociante revoltoso, se levantó como por increíble claridad transfigurado. Y no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos.

...¡Mañana, mañana sabremos si por sus vías bruscas y originales hubiéramos llegado a la libertad antes que por las de sus émulos; si los medios que sugirió el patriotismo por el miedo de un César, no han sido los que pusieron a la patria, creada por el héroe, a la merced de los generales de Alejandro; si no fue Céspedes, de sueños heroicos y trágicas lecturas, el hombre a la vez refinado y primario, imitador y creador, personal y nacional, augusto por la benignidad y el acontecimiento, en quien chocaron, como en una peña, despedazándola en su primer combate, las fuerzas rudas de un país nuevo, y las aspiraciones que encienden en la sagrada juventud el conocimiento del mundo libre y la pasión de la República! En tanto, ¡sé bendito, hombre de mármol! (Céspedes y Agramonte, José Martí, El Avisador Cubano, Nueva York, 10 de octubre de 1888.)

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Fuente: juventudrebelde.cu

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